“La historia la escriben los vencedores”
Es una frase que normalmente se utiliza para referirse al cómo se enseñan y recuerdan los distintos conflictos militares a lo largo de los siglos.
Por otro lado, al revisar la evolución de la música, al menos desde un punto académico, el foco muchas veces se centra más en la innovación y rupturismo, que en la “excelencia” en la interpretación o el resguardo de las tradiciones, llegando al punto en que los artistas que se sienten conformes con una estética en particular, y se dedican completamente a ella, normalmente son menos valorados que aquellos que siempre buscan estar cambiando y rompiendo esquemas.
Curiosamente, al alejarnos de la perspectiva histórica/académica y acercarnos al gusto popular, los roles tienden a invertirse, donde, salvo en casos muy específicos, el público se siente más cómodo al escuchar músicos con un sonido relativamente homogéneo a lo largo de su carrera, por sobre aquellos que cambian constantemente álbum tras álbum.
En estos últimos casos, suele suceder que los oyentes escuchen solo un fragmento de la discografía, ignorando el resto, algo que no pasa con artistas que mantienen una coherencia sónica a lo largo de su carrera, donde de cierta forma, la audiencia ya sabe de antemano a lo que se va a enfrentar.
En el mundo del Jazz, podemos ejemplificar de manera fácil ambos extremos: por un lado, tenemos al gran Miles Davis, el músico más importante del género en la segunda mitad del siglo XX, quien impulsó tres revoluciones musicales entre la década de 1950 y 1970, y mantuvo una postura absolutamente progresiva hasta el final de sus días, siempre mirando hacia adelante, nunca hacia atrás.
Por otro lado, la figura del pianista canadiense Oscar Peterson representa un caso bastante distinto: un intérprete de increíble virtuosismo, con un sello y estética personal que se mantuvo sin mayores variaciones por más de 50 años, en cuanto al jazz se refiere.
Esto no implica que Peterson haya sido totalmente conservador, en su juventud en la década de 1940, Oscar rápidamente adquirió el lenguaje revolucionario del Bebop creado por Charlie Parker, Dizzy Gillespie y Bud Powell, y en décadas posteriores se transformó en un fanático de los sintetizadores, que utilizó exclusivamente para sus trabajos de composición audiovisual.
Sin embargo, y de manera importante, nunca dejó de lado la estética de ídolos anteriores como Art Tatum -probablemente el mayor representante de la escuela pianística previa a los años 40- o el enfoque algo más comercial del gran Nat King Cole y su trio, artista que inspiró directamente su dedicación al formato pequeño de piano, contrabajo y guitarra durante gran parte de los 50.En el mundo del Jazz, podemos ejemplificar de manera fácil ambos extremos: por un lado, tenemos al gran Miles Davis, el músico más importante del género en la segunda mitad del siglo XX, quien impulsó tres revoluciones musicales entre la década de 1950 y 1970, y mantuvo una postura absolutamente progresiva hasta el final de sus días, siempre mirando hacia adelante, nunca hacia atrás.
Por otro lado, la figura del pianista canadiense Oscar Peterson representa un caso bastante distinto: un intérprete de increíble virtuosismo, con un sello y estética personal que se mantuvo sin mayores variaciones por más de 50 años, en cuanto al jazz se refiere.
Esto no implica que Peterson haya sido totalmente conservador, en su juventud en la década de 1940, Oscar rápidamente adquirió el lenguaje revolucionario del Bebop creado por Charlie Parker, Dizzy Gillespie y Bud Powell, y en décadas posteriores se transformó en un fanático de los sintetizadores, que utilizó exclusivamente para sus trabajos de composición audiovisual.
Sin embargo, y de manera importante, nunca dejó de lado la estética de ídolos anteriores como Art Tatum -probablemente el mayor representante de la escuela pianística previa a los años 40- o el enfoque algo más comercial del gran Nat King Cole y su trio, artista que inspiró directamente su dedicación al formato pequeño de piano, contrabajo y guitarra durante gran parte de los 50.
Un clásico revalorado
Desde el inicio con una versión de “Corcovado” de Antonio Carlos Jobim, uno de los 2 temas del compositor brasileño presentes en el disco, que también suma el clásico “Garota de Ipanema”, Oscar Peterson hace gala de su increíble virtuosismo, intercalando interesantes rendiciones de las melodías con espectaculares solos, siempre acompañados por el espectacular contrabajo de Ray Brown y la sutileza en la batería de Ed Thigpen, apodado “Mr.Taste”, en relación a su buen gusto y musicalidad a la hora de acompañar.
El repertorio alterna otras piezas populares de la era cómo “Days Of Wine And Roses” de Henry Mancini y “People” del famoso musical Funny Girl, con algunos standards de décadas anteriores como “My One And Only Love” y “Have You Met Miss Jones?” dejando espacio hacia el final para algunos temas de jazz moderno como “D & E” de John Lewis e incluso composiciones como “You Look Good To Me”, que posteriormente se transformaría en pieza estable en las presentaciones en vivo de Peterson a lo largo de las décadas.
Si bien el pianista es indudablemente la estrella de la grabación, con espectaculares solos en todos los temas que dejan en claro que, más allá de la obvia pericia técnica, hay una inmensa creatividad y sentido musical en sus interpretaciones, el trabajo de la sección rítmica es igualmente importante, con un Ray Brown que no solo se limita al acompañamiento clásico del walking bass jazzístico, si no que también se transforma en un interlocutor melódico importante, demostrando además con excelentes solos, por que es considerado uno de los más importantes exponentes del contrabajo en la historia.